FANTASÍA · MICRORRELATOS

La Primera Espada

Ilustración de La Primera Espada

Aquella fría mañana de mayo, dos llantos de recién nacidas se escucharon casi al mismo tiempo dentro de los muros del viejo castillo.

El primero llegó desde lo más alto de la torre, donde acababa de nacer la primogénita del rey. El segundo se oyó cerca del patio de armas y pertenecía a la primera hija del Primer Espada del Reino.

Comadronas y sabios quisieron ver en aquella coincidencia una señal del Destino. Dos niñas nacidas bajo el mismo techo y a la misma hora, aunque separadas por todo aquello que distinguía a una princesa de la hija de un soldado.

La princesa creció rodeada de maestros. Recibió la educación propia de quien algún día habría de ocupar el trono y demostró ser una joven aplicada en las ciencias y, para satisfacción de su padre, sorprendentemente hábil con la espada.

La otra niña tuvo una infancia muy diferente. Su padre la instruyó desde pequeña en el combate y su madre se ocupó de enseñarle las labores propias de su casa. Cuando cumpliera nueve años entraría al servicio de la princesa, tal y como correspondía a la hija del hombre encargado de proteger al rey.

Era veloz, inteligente y amable, y poseía unos enormes ojos azules cuya profundidad parecía no tener fin.

Los años pasaron y llegó por fin el día para el que llevaba preparándose toda su vida. La muchacha entró al servicio de la princesa deseando, con todo su corazón, servir bien al reino y hacer sentir orgulloso a su padre.

Pero ocurrió algo que nadie había previsto.

Princesa y guardaespaldas se hicieron amigas.

La diferencia entre sus posiciones fue perdiendo importancia conforme crecían. Entrenaban juntas, paseaban a caballo y compartían largas horas dentro de los muros del castillo. Incluso se decía que había sido la propia princesa quien había enseñado a leer y escribir a aquella muchacha de origen humilde.

El rey contemplaba aquella amistad con agrado y decidió hacerles un regalo. Mandó llamar a sus mejores artesanos y les entregó un extraño metal traído de tierras lejanas. Con él ordenó forjar dos armaduras exactamente iguales.

Una sería para su hija. La otra, para quien algún día tendría la obligación de protegerla con su propia vida.

Pasaron los años.

Cuando llegó el momento de que la princesa contrajera matrimonio, el rey dispuso que viajara hasta el reino vecino para conocer al príncipe heredero. Su guardaespaldas, como siempre, cabalgaba junto a ella.

Nunca llegaron a su destino.

En mitad del bosque fueron sorprendidas por la guardia personal de la Baronesa Von Carstein.

Las dos jóvenes desenvainaron sus espadas y combatieron como tantas veces lo habían hecho durante sus entrenamientos en el patio del castillo. Se protegieron mutuamente mientras a su alrededor iban cayendo hombres de ambos bandos. Eran feroces guerreras y estaban preparadas para defenderse, pero sus enemigos las superaban ampliamente en número.

Finalmente fueron vencidas.

Durante semanas no hubo noticias de ninguna de las dos.

Hasta que una mañana los centinelas distinguieron un caballo avanzando lentamente por el camino que conducía al castillo.

El animal llegó exhausto hasta las puertas. Sobre él viajaba una joven cubierta por una de aquellas armaduras gemelas. Presentaba evidentes señales de lucha, estaba herida y apenas parecía capaz de mantenerse sobre la montura.

Aun así, todavía empuñaba su espada.

Atravesó las puertas del castillo y llegó hasta el patio de armas sin descubrir su rostro. Allí, ante el rey y cuantos acudieron a recibirla, levantó su espada y juró que regresaría para rescatar a su amiga.

El rey reconoció inmediatamente la armadura.

Convencido de que aquella joven era su hija, ordenó reunir a sus ejércitos. La Baronesa Von Carstein había provocado al reino y aquello solo podía significar una cosa: la guerra. Exigió la cabeza de la Baronesa y ordenó preparar a sus hombres para marchar contra sus fuerzas.

Entonces el Primer Espada se adelantó.

Observó durante unos instantes a la joven que permanecía frente a ellos, cubierta de sangre y todavía oculta tras el yelmo.

Después se arrodilló ante su rey.

Solicitó ser relevado de sus obligaciones en palacio y pidió permiso para acompañar a su princesa en la búsqueda de la muchacha que había quedado atrás.

FIN

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