Había nacido en las frías tierras de Nörska, en una pequeña aldea levantada junto al mar. Allí había pasado toda su vida y allí había aprendido el oficio de pescador.
Conocía aquellas aguas como pocos. Sabía cuándo hacerse a la mar, cuándo convenía regresar y qué lugares ofrecían una buena pesca. El frío, el viento y las largas jornadas en el barco formaban parte de una vida sencilla a la que nunca había pedido mucho más.
Aquella mañana salió a faenar como tantas otras veces.
El mar estaba tranquilo y la pesca fue buena. Después de varias horas decidió regresar a casa, satisfecho con la jornada.
Pero al acercarse a la costa comprendió que algo había ocurrido.
No vio movimiento en el embarcadero. Ningún pescador preparaba sus redes y nadie esperaba el regreso de las pequeñas embarcaciones. Tampoco salía humo de las chimeneas.
Solo una columna oscura se elevaba sobre la aldea.
Aceleró cuanto pudo.
Nada más tocar tierra abandonó el barco y corrió hacia las primeras casas.
Los Orkos habían atacado el poblado.
Encontró puertas destrozadas, viviendas saqueadas y restos del combate por todas partes. Algunas construcciones todavía ardían y el humo cubría las calles por las que tantas veces había caminado.
Comenzó a buscar supervivientes.
Recorrió cada rincón de la aldea, entró en las casas y apartó restos de madera y escombros con la esperanza de encontrar a alguien con vida.
No encontró a nadie.
Tampoco había suficientes cadáveres para explicar la desaparición de todos sus habitantes.
Aquello solo podía significar que los Orkos se habían llevado prisioneros.
Entre el barro encontró numerosas huellas que abandonaban el pueblo y se dirigían hacia el interior.
No eran difíciles de seguir. Los atacantes habían pasado por allí en gran número y no se habían preocupado por ocultar su rastro.
El pescador decidió seguirlos.
No era un soldado.
No tenía entrenamiento militar ni estaba acostumbrado a enfrentarse a enemigos armados. Toda su vida había transcurrido entre redes, anzuelos y embarcaciones.
Pero aquellas personas eran su familia, sus amigos y sus vecinos.
No podía abandonarlos.
Siguió el rastro durante horas hasta que finalmente descubrió el campamento de los Orkos.
Desde una posición oculta observó a sus enemigos y buscó entre ellos algún rostro conocido. Había demasiados. Muchos más de los que un solo hombre podía afrontar.
Aun así, decidió atacar.
Se abalanzó sobre el campamento aprovechando la sorpresa y consiguió derribar a varios antes de que los demás comprendieran lo que estaba ocurriendo.
Años trabajando en el mar habían hecho de él un hombre fuerte. Peleó con toda la rabia acumulada desde que había regresado a su aldea y durante unos instantes consiguió plantar cara a aquellos que habían destruido su hogar.
Pero la superioridad numérica terminó imponiéndose.
Los Orkos lo rodearon.
El pescador siguió luchando incluso cuando los golpes comenzaron a alcanzarlo desde todas direcciones. Cayó y volvió a levantarse. Cada vez le costaba más hacerlo, pero continuó enfrentándose a ellos mientras tuvo fuerzas.
Finalmente consiguieron reducirlo.
Entonces uno de los Orkos se abrió paso entre los demás.
Era enorme, mucho más grande que cualquiera de sus compañeros.
El pescador apenas podía mantenerse en pie cuando aquella criatura se plantó frente a él, pero aun así trató de continuar luchando.
El enfrentamiento terminó casi antes de comenzar.
El gigantesco Orko descargó sobre él una brutal paliza. Cada golpe lo dejaba más cerca de perder el conocimiento, hasta que finalmente su cuerpo dejó de responder.
Cuando el Orko consideró suficiente el castigo, dejó de golpearlo.
No quiso matarlo.
Prefirió abandonarlo allí, destrozado por la paliza y con heridas tan graves que difícilmente podría sobrevivir.
El pescador quedó tendido en el suelo mientras los Orkos se alejaban.
Estaba al borde de la muerte. Hojas de Personaje
FIN
